Cuando nacemos lo único que deseamos es crecer para formarnos. Para completarnos y llegar a ser las personas que soñamos.
Es irónico porque cuando nacemos es cuando más completos estamos y a lo largo del camino lo único que hacemos es perder piezas.
Es por eso que en ocasiones, casi siempre, perdemos tanto de nosotros mismos que llega un momento en que no tenemos ni idea de quien somos. Y, sobretodo, en quien nos hemos convertido.
Esta es la historia de la niña que destrozó el puño en el espejo cuando se dio cuenta de todo esto.
Ya lo dijo alguien: solo se vive una vez, pero se mueren demasiadas.
Y en esas muertes, perdemos piezas. Las vamos dejando en lugares, en personas que alguna vez significaron demasiado para nosotros.
La niña se sentía tan infeliz al saber que estaba incompleta. Tan vacía. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo podía ser feliz después de haberse perdido tanto? Ya no se reconocía a ella misma.
Así que se quedó quieta. Durante tanto tiempo que se convirtió en una estatua. Y se murió aún más por dentro.
Aquel orden, aquella tranquilidad, aquel silencio. No estaba bien. Nada estaba bien.
Entonces, hizo lo único que sabía hacer: gritar.
Grita.
Grita.
Joder, grita.
Hasta que el aire se salga de tus pulmones y te des cuenta de que estás vivo. De que estás muriendo pero sigues vivo.
La niña entonces, más vacía que nunca, miró a su alrededor. Era decisión suya.
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