miércoles, 31 de agosto de 2016

A los planes se les han roto las alas. A nosotros, también.

Las cosas nunca salen como planeamos.

Eso es un hecho verídico para todo el mundo. Y sin embargo, seguimos ahí, trazando nuevos planes de un futuro muy presente, pese a la decepción, el mal trago y la desilusión.

Las cosas nunca salen como planeamos.

Porque a veces, son mejores. La cuesta se convierte en montaña rusa, la mueca se transforma en sonrisa y el mal trago es en realidad un chupito de tequila en una fiesta de la que nunca quieres irte. Acelera, las únicas curvas son las de tu cuerpo contra el mío.

Sí, los mejores planes: los improvisados. O eso dicen. De esos que salen entre risas, como una broma privada. Los ojos se abren de par en par. Podría ser buena idea. Es una locura. Y, ¿por qué no? Hagámoslo, grita finalmente la euforia.

Las cosas nunca salen como planeamos, aunque siempre podemos improvisar. Sin embargo, a veces no pasa nada. La libreta de ideas está en blanco, los planes se quedan en ese hueco de la cabeza. Sí, ese hueco que reservas para tus sueños más descabellados. Pasas de consumir euforia o ira a ser consumido por el tiempo.

Tic
Tac
Tic
Tac.


Está pasando. Tu vida. Y se va sin ti.

La peor sensación de todo esto es ser consciente de ello. Encerradx en tu habitación, viendo fotos de lo que querrías hacer, de todos los lugares que querrías ver, pero no puedes.

O lo que es más triste: no te atreves.

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